La violencia del crimen organizado en México encontró un nuevo territorio: las redes sociales. Al menos 19 creadores de contenido han sido asesinados en distintos episodios vinculados o presuntamente relacionados con dinámicas criminales, de acuerdo con un recuento publicado por El Universal. Los casos muestran una transformación que va más allá de la inseguridad. La influencia digital se ha convertido en una forma de poder y, precisamente por ello, también puede colocar a quienes la poseen dentro de disputas que antes pertenecían exclusivamente al territorio físico.
Durante años, la figura del influencer fue asociada con entretenimiento, publicidad y estilos de vida aspiracionales. Sin embargo, en regiones donde organizaciones criminales ejercen control territorial, cualquier persona capaz de movilizar audiencias puede adquirir otra dimensión. Un creador con cientos de miles de seguidores posee algo valioso: atención. En una sociedad dominada por plataformas, controlar quién habla, qué muestra y qué versión de los acontecimientos circula también significa controlar una parte de la realidad pública.
Los asesinatos registrados en estados como Sinaloa, Jalisco y Baja California presentan circunstancias distintas y no permiten establecer una explicación única para todos los casos. Algunas víctimas habían sido señaladas en mensajes atribuidos a grupos criminales; otras aparecían relacionadas públicamente con personajes posteriormente vinculados con organizaciones delictivas. Ser creador de contenido no implica formar parte del crimen organizado, y cualquier señalamiento debe distinguirse de hechos acreditados por las autoridades.
Lo relevante es observar cómo las redes modificaron el ecosistema comunicativo del narcotráfico. Durante décadas, las organizaciones criminales utilizaron mantas, corridos, rumores y medios locales para enviar mensajes. Ahora existen TikTok, Instagram, YouTube y transmisiones capaces de alcanzar millones de reproducciones. La narcocultura dejó de depender únicamente de canciones y leyendas populares: encontró algoritmos capaces de distribuir símbolos de riqueza, armas, vehículos, fiestas y estilos de vida a una escala inédita.
Esa visibilidad produce una paradoja. Para un creador digital, mostrar relaciones, lugares, automóviles y experiencias forma parte del negocio de construir audiencia. Pero en contextos atravesados por organizaciones criminales, esa exposición también puede revelar vínculos, desplazamientos y lealtades —reales o percibidas—. La misma visibilidad que genera dinero y reconocimiento puede convertirse en vulnerabilidad cuando una fotografía es interpretada como una declaración de pertenencia.
Desde la perspectiva del poder, el fenómeno revela que el crimen organizado no busca únicamente dominar rutas, mercados ilícitos o territorios. También necesita administrar reputación, miedo y silencio. Los homicidios de figuras visibles pueden producir un efecto comunicativo que trasciende a la víctima: cientos de personas observan lo ocurrido y modifican lo que publican, mencionan o denuncian. La violencia se convierte entonces en mensaje; matar a una persona visible puede intimidar a miles que permanecen conectadas.
El desafío para las autoridades es particularmente complejo porque investigar estos homicidios exige comprender simultáneamente dinámicas criminales y digitales. No basta con analizar el lugar del ataque: también pueden resultar relevantes amenazas previas, publicaciones, comunicaciones y conflictos que comenzaron en internet. La frontera entre violencia física y violencia digital prácticamente desapareció. Lo que comienza como una publicación puede terminar convertido en un expediente criminal fuera de las plataformas.
Los 19 casos recopilados no deberían convertirse en otra estadística viral ni alimentar automáticamente la idea de que toda víctima mantenía vínculos criminales. Plantean una cuestión más profunda sobre el México contemporáneo: cuando el crimen organizado comienza a disputar también el espacio de los influenciadores, significa que la batalla por el territorio ya alcanzó al territorio de la atención. Las redes prometieron democratizar la capacidad de hablar frente a millones; en algunas regiones del país, esa capacidad también puede significar entrar involuntariamente en una peligrosa disputa por quién tiene derecho a ser visto, escuchado y recordado.
Fuente: El Universal. “Narco pone en la mira a influencers; van 19 de ellos asesinados” (2026).