Hidalgo probablemente nunca gritó “¡Viva México!” y la guerra que comenzó en 1810 tampoco terminó como la imaginaron sus primeros insurgentes. La Independencia que hoy resumimos en campanas, héroes y una noche de septiembre fue en realidad una guerra de once años atravesada por violencia, divisiones internas, cambios de proyecto y negociaciones entre antiguos enemigos. Incluso aquello que hoy conocemos como el “Grito de Independencia” es, en buena medida, una tradición construida después de los acontecimientos.
Los testimonios sobre la madrugada de Dolores no permiten reconstruir palabra por palabra la arenga de Miguel Hidalgo. El historiador Alfredo Ávila, del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, señala que podemos estar seguros de algo particularmente extraño para nuestra memoria actual: no hubo un “¡Viva México!” como el que repetimos cada septiembre. Entre las expresiones atribuidas al movimiento temprano aparecen la Virgen de Guadalupe, América e incluso Fernando VII, el monarca español desplazado después de la invasión napoleónica de España.
Esto último parece contradictorio: ¿cómo podía una rebelión contra las autoridades españolas invocar al rey de España? Porque en 1810 el proyecto político todavía estaba evolucionando. La crisis había comenzado cuando Napoleón invadió España en 1808 y Fernando VII quedó apartado del trono. Algunos proyectos autonomistas sostenían que, ante la ausencia del monarca legítimo, la soberanía debía regresar a los pueblos. Incluso los Elementos Constitucionales de Ignacio López Rayón declaraban a América independiente, pero todavía reconocían a Fernando VII. Hidalgo, sin embargo, terminó proclamando una independencia absoluta en diciembre de 1810.
Tampoco fue una guerra limpia entre “mexicanos” y “españoles”. La sociedad novohispana quedó dividida y hubo habitantes nacidos en América combatiendo en ambos bandos. La primera insurgencia movilizó además a decenas de miles de indígenas, mestizos y otros sectores populares, y alcanzó niveles extraordinarios de violencia. El Portal Académico de la UNAM recuerda que durante el avance insurgente ocurrieron saqueos y episodios de rapiña que sus propios dirigentes no siempre consiguieron contener. La Independencia también fue una guerra civil dentro de la Nueva España.
Hay otro elemento que suele quedar eclipsado por las batallas: la insurgencia también fue una revolución social. Hidalgo decretó la abolición de la esclavitud y de determinados tributos en 1810; Morelos volvió a impulsar la abolición y atacó las distinciones de castas. En Sentimientos de la Nación planteó que la esclavitud debía desaparecer y que las distinciones basadas en el origen debían ser eliminadas. La guerra, por tanto, no discutía solamente quién gobernaría el territorio: también abrió una disputa sobre quién podía ser considerado igual dentro de la nueva sociedad.
Y quizá la mayor paradoja ocurrió al final. Hidalgo había muerto en 1811 y Morelos en 1815; cuando llegó 1821, uno de los personajes decisivos para consumar la Independencia fue Agustín de Iturbide, quien había combatido previamente como militar realista. Iturbide y Vicente Guerrero terminaron articulando una alianza alrededor del Plan de Iguala. La independencia se consumó mediante una negociación capaz de incorporar a antiguos insurgentes, realistas y distintos grupos de poder; el nuevo país, además, nació como una monarquía y no como la república que actualmente asociamos con México.
Por eso reducir la Independencia a una noche, una campana y una frase probablemente inexistente significa perder lo más interesante de la historia. México no nació en un instante: fue construido entre rebeliones populares, proyectos políticos enfrentados, derrotas, pactos y contradicciones. Incluso la ceremonia que hoy repetimos cada septiembre fue transformándose con las décadas hasta convertirse en uno de los grandes rituales de identidad nacional. Quizá lo que no nos contaron sobre la Independencia es precisamente eso: que la historia real resulta mucho más incómoda, contradictoria y fascinante que la versión que aprendimos de memoria.
Fuentes: Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM; UNAM Global; Portal Académico del CCH-UNAM; Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM); María del Carmen Vázquez Mantecón, “Hidalgo y Costilla y ‘el grito’ del 16 de septiembre”; documentación histórica sobre Hidalgo, Morelos, el Plan de Iguala y la consumación de 1821.