Imagina que tienes 20 pesos para comprar algo que necesitas hoy. Frente a ti hay dos opciones: una presentación pequeña que proporcionalmente cuesta más y una grande que sale mucho más barata por unidad. Sabes perfectamente cuál conviene. El problema es que no tienes dinero para comprarla. No elegiste la opción más cara porque no supieras ahorrar; elegiste la única que podías pagar.
La economía tiene un concepto para describir mecanismos parecidos: “poverty premium” o prima de pobreza. Investigadores de la Universidad de Bristol lo definen como el costo adicional que algunos hogares de bajos ingresos terminan pagando por bienes y servicios esenciales debido precisamente a las restricciones asociadas con tener poco dinero. El fenómeno se ha estudiado en ámbitos como crédito, energía, seguros y alimentación.
La lógica aparece de muchas maneras. Quien dispone de liquidez puede comprar grandes cantidades cuando existe una oferta; quien vive al día compra únicamente lo necesario para esa semana. Quien posee ahorros puede resolver una emergencia inmediatamente; quien no los tiene quizá necesita crédito. Quien dispone de automóvil puede desplazarse hacia establecimientos con mejores precios; quien depende del transporte disponible compra donde puede llegar. Tener dinero no solamente permite comprar más: en determinadas circunstancias permite comprar más barato.
La investigación británica sobre esta “prima” ha documentado justamente esas diferencias. Los hogares de menores ingresos pueden enfrentar crédito más costoso, dificultades para acceder a comercios con mejores precios o recargos derivados de determinadas formas de pago. Un estudio de la Universidad de Bristol publicado en 2026 volvió a encontrar costos adicionales en mercados esenciales. Las cifras concretas corresponden al Reino Unido y no deben trasladarse automáticamente a México, pero el mecanismo económico resulta útil para entender cómo las restricciones de liquidez pueden producir costos adicionales.
Existe además otro costo menos visible: no tener margen para equivocarse. Para una familia con ahorros, una llanta ponchada puede ser una molestia. Para otra que llega exactamente al final de la quincena puede significar pedir prestado, retrasar un pago o perder un día de trabajo. La misma emergencia tiene consecuencias radicalmente diferentes porque una persona puede absorberla y la otra debe financiarla.
Eso cambia también la forma en que juzgamos ciertas decisiones económicas. Desde afuera puede parecer irracional comprar poco, recurrir a pagos pequeños o elegir soluciones de corto plazo. Desde adentro, cuando el dinero disponible determina qué alternativas existen realmente, una decisión aparentemente costosa puede ser la única posible. No todas las personas están eligiendo entre las mismas opciones.
Tal vez esa sea una de las dimensiones menos intuitivas de la desigualdad. Solemos imaginar la pobreza simplemente como tener menos dinero para gastar. Pero en determinadas circunstancias significa algo todavía más perverso: tener tan poco margen que conseguir las mismas cosas termina costando proporcionalmente más. A veces ahorrar requiere algo que no todos poseen: suficiente dinero para poder esperar.
Fuentes: University of Bristol, Personal Finance Research Centre, “Paying more for less: The poverty premium in 2026”; Davies, Finney y Hartfree, “Paying to be poor”; literatura sobre pobreza, inclusión financiera y restricciones de liquidez.