Clicktivismo: ¿sirve de algo el activismo en redes sociales?


Firmar una petición en línea, cambiar la foto de perfil o compartir una etiqueta son gestos de un clic. A la forma de activismo de bajo costo y bajo riesgo se le llama clicktivismo o, de manera despectiva, slacktivismo, "activismo de sofá". La pregunta que lo acompaña desde hace años es si esas acciones producen cambio real o solo satisfacción emocional.


La crítica más conocida la formuló el periodista Evgeny Morozov en 2009, quien llegó a afirmar que el activismo en línea no tiene impacto político o social. En una línea similar, investigaciones como la de Lee y Hsieh describieron este activismo como una forma de sensibilizar y dar satisfacción emocional a quienes participan. Micah White argumentó que la novedad del activismo en línea se desvanece cuando las personas notan que su participación apenas tuvo efecto, lo que puede llevar a perder la esperanza en cualquier forma de activismo. Y se ha advertido sobre el riesgo de estafas: campañas que persuaden a donar dinero a causas que no lo merecen.


Pero hay evidencia que matiza. Un estudio de Kristofferson, White y Peloza examinó cómo la visibilidad social de un primer gesto simbólico de apoyo afecta la acción posterior, y mostró que la respuesta depende de si ese gesto se hace público o no. Es decir, el efecto del clic no es uniforme: puede sustituir un compromiso mayor o servir de puerta de entrada a él. Otros autores que han analizado campañas como #BringBackOurGirls, sobre las niñas secuestradas en Nigeria en 2014, sostienen que, en las manos adecuadas, el activismo digital puede ser eficaz porque amplía el alcance de las acciones a menor costo, y que su fuerza está en generar visibilidad, opinión y solidaridad transnacional.


También hay lecciones de organización. Un estudio citado por Forbes México encontró que los grupos climáticos nacidos en internet, como 350.org, tienen estrategias, tácticas y teorías del cambio diferentes de las de organizaciones más antiguas como Greenpeace. Los investigadores están divididos: algunos ven redes sociales que permiten sobredimensionar el compromiso público y evitar los medios tradicionales; otros destacan que las plataformas permiten autoorganizarse sin jerarquías y que florezcan formas totalmente nuevas de activismo.


Lo que parece cierto es que el clic, por sí solo, rara vez cambia políticas. La visibilidad es útil si conecta con organización, demandas concretas y presión sostenida. Una petición con millones de firmas puede ser ignorada si no hay quien la lleve a las instancias de decisión, y una etiqueta viral puede desvanecerse en una semana. Al mismo tiempo, descalificar todo el activismo digital como pereza ignora que, para quienes viven bajo censura o no pueden salir a la calle, es a veces la única vía disponible.


Para quien quiera usar bien las redes, la pregunta útil es qué viene después del clic: ¿hay una acción concreta, un destinatario con poder de decisión, un plan de seguimiento? El activismo digital funciona mejor como puerta de entrada que como destino.


Fuentes: Comunicación y Sociedad (Universidad de Guadalajara, vía SciELO México y Redalyc); VICE; Forbes México; Wikipedia (activismo de sillón); VPN Unlimited; arXiv.