Imagina una manifestación donde nadie grita, nadie levanta el puño y nadie bloquea una avenida. En lugar de eso, varias personas se sientan a bordar. Sobre pequeños pañuelos blancos aparecen nombres, fechas e historias de víctimas de la violencia. Cada puntada lleva tiempo, exige concentración y convierte una pérdida en algo que puede mostrarse públicamente. Aunque parezca una actividad doméstica, estamos frente a una forma de protesta con nombre propio: craftivismo, una combinación de las palabras inglesas craft —artesanía— y activism —activismo—.
El término fue popularizado por Betsy Greer en 2003 para describir prácticas que utilizan actividades manuales como herramientas de expresión y transformación social. Una investigación doctoral de Anna Ruth Boonstra, presentada en la University of the Arts London, examinó cómo el arte textil y la ropa confeccionada para protestar funcionaron como lenguajes políticos en Reino Unido entre 1970 y 2018. La idea rompe con nuestra imagen tradicional del activismo: no todas las formas de resistencia necesitan confrontación directa; algunas intentan transformar el significado de objetos que normalmente consideramos inofensivos.
En México existe uno de los ejemplos más interesantes. La iniciativa Bordando por la Paz y la Memoria: una víctima, un pañuelo, vinculada con colectivos como Fuentes Rojas y Bordamos por la Paz Guadalajara, utilizó el bordado para recordar a personas asesinadas o desaparecidas en el contexto de la violencia asociada con la llamada guerra contra el narcotráfico. La investigadora Katia Olalde Rico, de la UNAM, estudió estas experiencias y encontró que bordar permitía combinar memoria, participación colectiva y denuncia pública. El pañuelo dejaba de ser un simple objeto: se convertía en un soporte para recordar a alguien que corría el riesgo de desaparecer también de la memoria social.
Lo verdaderamente interesante es que el craftivismo transforma actividades históricamente asociadas con lo femenino y lo privado en intervenciones políticas visibles. Durante mucho tiempo, coser y bordar fueron considerados trabajos domésticos alejados de las decisiones públicas. Sin embargo, las sufragistas ya utilizaban textiles para comunicar sus demandas a comienzos del siglo XX. Durante la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, las arpilleras permitieron representar experiencias de represión, pobreza y desaparición. La aguja, que tradicionalmente simbolizaba paciencia y obediencia, también podía convertirse en una herramienta para cuestionar al poder.
Una investigación publicada en 2025 por Charlotta S. Sippel examinó el bordado feminista en Ciudad de México mediante trabajo etnográfico con los colectivos Las Siemprevivas y Fuentes Rojas. El estudio describe cómo estas prácticas pueden funcionar simultáneamente como expresión artística, denuncia y construcción de vínculos afectivos. Bordar en colectivo no significa solamente fabricar una pieza: también implica conversar, compartir experiencias y crear espacios donde el dolor individual puede adquirir una dimensión pública. La investigación es cualitativa, por lo que no demuestra que bordar produzca automáticamente cambios políticos o mejoras psicológicas en todas las personas.
El fenómeno también plantea una pregunta incómoda: ¿qué consideramos una protesta legítima? Una manifestación multitudinaria puede llamar la atención por su tamaño; una acción textil puede hacerlo por su lentitud y su capacidad de contar historias. Frente a una cultura digital donde miles de publicaciones aparecen y desaparecen en segundos, dedicar horas a bordar un nombre introduce otra relación con la memoria. El valor político de estas acciones no reside necesariamente en su capacidad para cambiar una ley inmediatamente, sino en hacer visibles experiencias que podrían quedar fuera de la conversación pública.
Quizá por eso el craftivismo resulta tan fascinante. Demuestra que el activismo no tiene una sola estética ni necesita adoptar siempre la forma del enfrentamiento. Puede surgir de actividades cotidianas, objetos familiares y habilidades transmitidas entre generaciones. Mientras las redes sociales nos acostumbraron a medir la participación mediante clics, reacciones y reproducciones, estas personas eligieron una forma de protesta que requiere exactamente lo contrario: tiempo, presencia y paciencia. En una época donde todo parece diseñado para desaparecer rápidamente, bordar también puede ser una manera de decir que hay historias que nos negamos a olvidar.
Fuentes: Katia Olalde Rico, “Bordando por la paz y la memoria en México”, Debate Feminista, UNAM (2019); Anna Ruth Boonstra, “The Material Language of Protest”, University of the Arts London (2022); Charlotta S. Sippel, “Weaving resistance: Feminist embroidery as a political, affective, and artistic practice”, Image & Text (2025); Lorna Dillon, investigación sobre Bordando por la Paz y la Memoria (2024).
