Quien emigra no deja atrás solo un país. Deja una forma de estar en el mundo: el olor de una cocina, el ritmo de una lengua, la manera en que la gente se saluda en la calle, el lugar que uno ocupaba entre los suyos. El psiquiatra español Joseba Achotegui, de la Universidad de Barcelona, ha dedicado buena parte de su carrera a describir esa experiencia. En 2002 acuñó el término "síndrome de Ulises", en referencia al héroe de la Odisea que vaga durante años lejos de su hogar, para nombrar el estrés crónico y múltiple que viven muchos migrantes en condiciones extremas.
Achotegui propuso que la migración implica al menos siete duelos simultáneos: por la familia y los seres queridos, por la lengua, por la cultura, por la tierra y el paisaje, por el estatus social, por el contacto con el grupo de pertenencia y por los riesgos físicos del viaje y de la vida en el nuevo país. A diferencia del duelo por la muerte de alguien, el duelo migratorio es parcial y recurrente: lo perdido sigue existiendo, al otro lado de una frontera, y cada llamada telefónica, cada noticia o cada fiesta lejana lo reactiva. Achotegui insiste en que no se trata de una enfermedad mental, sino de una reacción comprensible ante circunstancias adversas, que se agrava cuando la persona vive en soledad forzada, sin papeles, con miedo y sin posibilidades de salir adelante.
La filosofía ofrece otras claves para entender esa experiencia. El sociólogo austríaco Alfred Schutz, que emigró a Estados Unidos huyendo del nazismo, escribió dos ensayos clásicos de inspiración fenomenológica. En "El forastero", de 1944, describió cómo el recién llegado descubre que las "recetas" que le servían para orientarse en la vida cotidiana ya no funcionan: lo que en su país era evidente aquí necesita ser explicado, y lo que para los nativos es obvio para él es un enigma. En "El que vuelve al hogar", de 1945, analizó la experiencia inversa y quizá más dolorosa: el retorno. Quien regresa espera encontrar el mundo que dejó, pero tanto él como su tierra han cambiado, y descubre que se ha vuelto, en parte, un extraño en su propia casa.
El sociólogo argelino Abdelmalek Sayad, que estudió la migración hacia Francia, condensó esa paradoja en una expresión: la "doble ausencia". El migrante está ausente del lugar del que partió, donde su vida continúa sin él, y nunca termina de estar presente en el lugar al que llegó, donde a menudo se le sigue viendo como provisional. Vive entre dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno.
Estas reflexiones resuenan en la experiencia de millones de latinoamericanos. La nostalgia aparece en la música, en las tiendas que venden productos del país de origen, en los grupos de mensajería donde las familias dispersas comparten la vida a distancia. Pero también aparece la creatividad: muchas personas migrantes construyen identidades nuevas, híbridas, que no son simplemente la suma de lo que dejaron y lo que encontraron. Los hijos de migrantes, por su parte, crecen con una relación compleja con un país que conocen a través de los recuerdos de sus padres.
Comprender el duelo migratorio no es un ejercicio académico. Para los profesionales de la salud, la educación y los servicios sociales, implica reconocer que muchos síntomas, como la tristeza, el insomnio o el cansancio, pueden ser expresiones de una pérdida profunda y no de una patología. Para las sociedades de acogida, significa entender que integrarse no consiste en olvidar de dónde se viene. Y para quienes migran, quizá, saber que esa sensación de estar partido en dos tiene nombre y no es un fracaso personal, sino una de las experiencias humanas más antiguas.
Fuentes: Achotegui, La depresión en los inmigrantes: una perspectiva transcultural (2002) y "Emigrar en situación extrema: el síndrome del inmigrante con estrés crónico y múltiple (síndrome de Ulises)", Norte de Salud Mental (2005); Schutz, "The Stranger" (1944) y "The Homecomer" (1945), American Journal of Sociology; Sayad, La doble ausencia (1999).
