El deepfake más peligroso puede ser el que confirma lo que ya esperabas



Quizá no necesites crear un video perfecto para engañar a alguien. Basta con poner en boca de una persona algo que el espectador ya estaba dispuesto a creer que diría. Una investigación publicada el 18 de septiembre analizó cómo reaccionamos frente a deepfakes políticos y encontró que la vulnerabilidad no depende únicamente de la calidad técnica del montaje. También importa algo mucho más humano: lo plausible que nos resulte la historia y lo que ya pensamos sobre la persona que aparece en ella.

El estudio reunió a 1,124 participantes del Reino Unido, Eslovenia e Italia. Los investigadores les mostraron videos manipulados relacionados con cambio climático e inmigración y modificaron su plausibilidad, incluyendo tanto el realismo técnico como la coherencia del contenido con las posiciones públicas conocidas de la persona representada. Después midieron detección, evaluación emocional y disposición a compartir.

Los resultados mostraron que los deepfakes altamente plausibles eran menos fáciles de detectar y recibían evaluaciones más positivas que aquellos menos convincentes. Pero apareció otro factor especialmente importante: las actitudes previas hacia la persona mostrada también estaban relacionadas con la manera de interpretar el video. Una predisposición favorable podía disminuir la detección y aumentar tanto la valoración como la intención declarada de compartir.

Eso significa que la batalla contra la desinformación sintética no puede reducirse a buscar dedos extraños, movimientos imposibles de labios o errores de iluminación. Conforme la tecnología mejora, esas pistas pueden desaparecer. El problema psicológico permanece: juzgamos información nueva utilizando lo que ya creemos saber. Un montaje que contradice completamente nuestras expectativas puede despertar sospechas; uno que encaja perfectamente con ellas puede entrar con mucha menos resistencia.

El estudio también encontró una señal esperanzadora. Una mayor alfabetización mediática se relacionó con mejor detección y con menor disposición a valorar o compartir los videos manipulados. Pero incluso esto muestra que identificar técnicamente un engaño y decidir compartirlo son procesos distintos. Podemos reconocer que algo resulta dudoso y, aun así, sentirnos emocionalmente atraídos por el mensaje que contiene.

Las conclusiones deben mantenerse dentro de sus límites. Los experimentos se realizaron en tres países europeos y utilizaron temas políticos específicos; no demuestran cómo reaccionará cualquier electorado frente a cualquier video. Tampoco prueban que los deepfakes determinen resultados electorales. Sí muestran algo más básico y verificable: la susceptibilidad a contenido político sintético depende tanto de características del contenido como de características del espectador.

Quizá por eso la próxima generación de alfabetización digital tendrá que enseñarnos algo más difícil que reconocer imágenes falsas. Tendrá que enseñarnos a desconfiar especialmente cuando una pieza de información encaja demasiado bien con aquello que queríamos creer. Porque el deepfake perfecto no necesariamente será el que engañe a nuestros ojos. Puede ser el que consiga que nuestros prejuicios hagan voluntariamente la mitad del trabajo.

Fuentes: Plohl, Mlakar, Aquilino, Brienza, Bisconti y Smrke, Humanities and Social Sciences Communications, “How deepfake plausibility, media literacy, and personal attitudes shape detection, liking, and intentions to share political deepfakes on social media” (18 de septiembre de 2026); literatura contemporánea sobre medios sintéticos, alfabetización mediática y cognición política.