Me interesa una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué pasa cuando una causa legítima se convierte en un espacio para la autopromoción? Un estudio reciente plantea que ciertas formas de participación pública pueden atraer no solo a quienes quieren cambiar realidades, sino también a quienes buscan estatus, aplauso y superioridad moral como recompensa personal.
La idea central se resume en un principio sugerente: algunas personalidades “oscuras” podrían usar el activismo como un vehículo del ego. No para avanzar objetivos colectivos, sino para satisfacer necesidades egocéntricas: señalar virtud, manipular dinámicas internas, escalar posiciones simbólicas y convertir el debate moral en una tarima de reconocimiento.
Lo relevante es que no se trata de una ocurrencia sin método. El trabajo se apoya en dos estudios preregistrados, una práctica que reduce la tentación de “acomodar” hipótesis con resultados. En el primero se exploró la relación entre grandiosidad narcisista patológica e involucramiento activista en una muestra de EE. UU.; en el segundo, una muestra del Reino Unido permitió observar si el patrón se repetía.
Los datos también muestran un contraste que vale subrayar: la participación activista no se explica solo por rasgos de personalidad. En uno de los estudios, el involucramiento se asocia con variables como altruismo, además de factores demográficos como juventud y ser mujer. Es decir, hay evidencia de motivaciones prosociales reales y frecuentes, no un retrato monocromático del fenómeno.
Aun así, el hallazgo que provoca discusión aparece con claridad: una mayor grandiosidad narcisista patológica se relacionó con mayor participación en ciertos tipos de activismo. No es una sentencia sobre las causas ni sobre las comunidades; es una señal sobre cómo ciertos perfiles pueden sentirse atraídos por espacios donde la moral pública ofrece oportunidades para construir una imagen de virtud.
Un detalle clave del análisis es el mecanismo que acompaña esa relación: el estudio encuentra que el señalamiento de virtud aparece de forma consistente dentro del vínculo entre grandiosidad narcisista y participación activista. No se observó lo mismo con variables como dominancia o agresión, lo que sugiere que el “motor” no sería necesariamente la confrontación directa, sino la gestión performativa de la superioridad moral.
Si esto se toma en serio, la discusión deja de ser ideológica y se vuelve organizacional. Los movimientos pueden terminar atrapados en conflictos que parecen debates de principios, pero que en el fondo responden a incentivos personales: reputación, pertenencia, jerarquía interna, capital simbólico. Cuando el foco se desplaza del objetivo colectivo al lucimiento individual, la causa paga el costo.
El riesgo final no es teórico: es político y social. La conducta oportunista puede dañar la credibilidad del movimiento, desgastar aliados, y reducir apoyo público. Por eso, más que usar estos hallazgos para desacreditar luchas, yo los leo como una advertencia práctica: toda causa necesita defensas internas para evitar que se convierta en escenario de vanidad moral disfrazada de compromiso.
Fuente: Krispenz, A., & Bertrams, A. (2024). Further Evidence for the Dark-Ego-Vehicle Principle: Higher Pathological Narcissistic Grandiosity and Virtue Signaling Are Related to Greater Involvement in LGBQ and Gender Identity Activism. Archives of Sexual Behavior (Springer Nature).
