Izzat: cuando el honor se vuelve sistema y la red caricaturiza


 Hay una palabra que aparece una y otra vez cuando se habla de reputación, vergüenza pública y pertenencia familiar en comunidades del sur de Asia: “izzat”. A veces se traduce como honor, otras como prestigio, otras como “quedar bien”, pero lo que me interesa no es la traducción rápida, sino la función social: el modo en que una idea de reputación compartida puede operar como disciplina cotidiana, como moneda simbólica y como presión constante sobre la conducta.

El problema empieza cuando ese concepto se convierte en explicación total. En internet circulan textos que presentan “izzat” como si fuera un software cultural único que vuelve a millones de personas incapaces de actuar de buena fe. Esa lectura, además de ser floja, suele venir cargada de una tentación peligrosa: usar un término real para fabricar una caricatura moral y después culpar a un pueblo entero de todo lo que no nos gusta del mundo.

Sí: la reputación colectiva puede importar muchísimo. Hay investigaciones que muestran cómo “izzat” se vive como algo que se gana y se pierde no solo a nivel individual, sino también familiar y comunitario; y cómo ese peso impacta decisiones, silencios, matrimonios, migración, y hasta el uso de servicios públicos. Pero esa misma literatura también deja claro algo que el discurso de foro suele borrar: no es uniforme, cambia por región, clase, diáspora, generación y contexto institucional.

Cuando alguien reduce el asunto a “siempre escalan a violencia” o “nadie admite culpa”, está mezclando dos cosas distintas: por un lado, la existencia de culturas de honor (que no son exclusivas del sur de Asia) y, por otro, el sensacionalismo de atribuirlo todo a una esencia nacional. La investigación sobre culturas de honor, por ejemplo, ha documentado cómo la amenaza a la reputación puede relacionarse con respuestas agresivas en ciertos entornos, pero justamente por eso es un fenómeno que se analiza con cuidado: interactúa con normas, con economía, con Estado, con desigualdad, no con “ADN cultural”.

También me parece clave hablar del otro término que suele entrar en estas discusiones: “jugaad”. En muchos textos se usa como sinónimo de trampa o de “saltarse reglas”, cuando en realidad describe un repertorio amplio que va desde la improvisación creativa hasta la innovación frugal; a veces admirable, a veces riesgosa, y a veces ambigua. Convertirlo en prueba de “incapacidad moral” es, otra vez, el atajo cómodo: explicar conductas complejas con una palabra y luego declarar culpable a un colectivo.

Hay además una parte del debate que rara vez se mira con honestidad: quién paga el costo interno de estas lógicas de reputación. En la discusión pública sobre honor, las mujeres suelen cargar con controles más severos, castigos más rápidos y márgenes más estrechos para moverse. Eso no significa que toda comunidad funcione igual, pero sí que el tema no se entiende si solo lo usamos como arma arrojadiza contra “los otros”, en lugar de verlo como estructura social que puede producir daño.

A mí me sirve más una regla de higiene intelectual: concepto no es sentencia. Que exista “izzat” como lenguaje social de honor y vergüenza no autoriza a concluir que “no puede haber modernidad”, “no puede haber instituciones”, “no puede haber meritocracia” o “todo es estafa”. De hecho, si algo enseña la evidencia comparada es que las instituciones fuertes, la rendición de cuentas y los incentivos correctos pueden reducir prácticas dañinas en cualquier cultura, y que la “buena fe” no es un rasgo étnico: es una condición que se construye.

Por eso, cuando leo estas narrativas absolutas, lo que veo no es un análisis cultural: veo una operación de esencialismo que convierte un fenómeno social en una etiqueta para despreciar. Si de verdad quiero entender por qué se niega una tubería rota, por qué hay nepotismo, por qué hay impunidad o por qué hay conflictos interminables, tengo que mirar también administración pública, diseño institucional, desigualdad, corrupción, burocracias y sistemas de justicia. Si solo grito “izzat”, lo único que estoy haciendo es reemplazar investigación por prejuicio con vocabulario exótico.


Fuente: publicación citada por el usuario (hilo en Kiwi Farms sobre “izzat” y “jugaad”); y referencias para contextualización: Shahani (2013) sobre izzat como honor social en comunidades del sur de Asia. Klaunig (2024) sobre reputación/izzat y migración. Soni (2013) sobre izzat como fenómeno móvil entre lo individual y lo colectivo. Cohen et al. (1996) sobre dinámicas reputación–agresión en culturas de honor. LSE South Asia (2020) y Prabhu sobre “jugaad” como improvisación/innovación frugal. The Wire (2025) sobre costos de los discursos de honor en la vida social.