España no nació de un mapa: nació de una palabra romana que cambió de piel

    


 

Durante siglos, el nombre de este territorio no fue una simple etiqueta geográfica: fue una forma de imaginarlo. Los romanos, que dominaron lo que hoy es España desde aproximadamente el 215 a. C. hasta la caída del Imperio romano de Occidente en el siglo V, la llamaron Hispania. Ese término latino, probablemente tomado del cartaginés, inició una cadena de transformaciones lingüísticas que terminaría fijándose como España.

Lo interesante es que España no aparece de golpe: se va formando como lo hace el lenguaje en la calle, en los mercados, en los cuarteles. El latín “vulgar”, el que hablaban soldados y comerciantes, empujó a Hispania hacia Spania en el latín medieval, y luego hacia formas romances como Espanna, hasta asentarse como España. No es un detalle menor: el nombre es el registro de una continuidad histórica.

Para cuando Roma controlaba la mayor parte del territorio en la primera mitad del siglo III a. C., el término que circulaba era Hispania, no Iberia. Eso reordena muchas certezas contemporáneas: la palabra “Iberia” puede sonar útil hoy, pero no era la referencia dominante en la forma en que el territorio se nombraba a sí mismo desde el poder y desde la administración romana.

Luego llegaron los visigodos, el pueblo germánico más romanizado, y aun así mantuvieron el mismo marco: Hispania. Ya desde el siglo V, cuando empezaron a disputar el control a sus aliados romanos, no abrazaron “Iberia” como identidad territorial. En el siglo VI, san Isidoro de Sevilla cantó la belleza de Hispania, reforzando una idea cultural y simbólica del espacio que sobrevivía al derrumbe imperial.

También vale detenerse en un punto que rompe lugares comunes: la influencia de otras lenguas sobre el español ha sido principalmente léxica. Se suele exagerar el peso del árabe en el español moderno, cuando el texto recuerda que ronda solo un seis por ciento del vocabulario. En contraste, el inglés —lengua germánica— absorbió alrededor de treinta por ciento de vocabulario francés tras 1066. Las conquistas pesan, sí, pero de maneras distintas.

En la Edad Media, España no era un capricho nacionalista: era una entidad geográfica reconocida de forma amplia. Durante siglos, los cristianos medievales consideraron que las tierras bajo dominio islámico seguían siendo parte de España. Eso explica por qué no usaban “al-Andalus” como marco principal para definir el territorio, y mucho menos “Iberia”. La disputa no era solo militar o religiosa: era también una batalla por el nombre.

El arabista Joaquín Vallvé Bermejo subraya una pista reveladora: en crónicas cristianas medievales, la tierra ocupada por el islam aparece referida como España. Esa insistencia muestra una lógica política: nombrar es reclamar, y llamar “España” a lo conquistado por el islam era afirmar que ese espacio, aun bajo otro poder, pertenecía a una continuidad previa que se esperaba recuperar.

Incluso las categorías sociales quedan atravesadas por esa forma de nombrar. Se menciona que los cristianos que permanecieron como dimmíes —en condición subalterna dentro de la España islámica— eran vistos desde los reinos del norte como Spani. El nombre funciona como frontera y como pertenencia, como memoria y como expectativa: una palabra que organiza el mundo y, al mismo tiempo, lo disputa.

Fuente: Dario Fernandez Mora "El mito del Paraíso Andalusí" (2025)